En 1953, unos cadáveres ocultos en una casa de Londres revelaron que uno de sus antiguos vecinos era un asesino en serie. El hallazgo que aparecías en los medios de noticias resultaba aún más inquietante por otra razón: tres años antes, un hombre que había vivido allí había sido ahorcado por la muerte de su hija. Durante el juicio, ese hombre había señalado precisamente al vecino que ahora estaba bajo sospecha.
Se llamaba Timothy Evans. El vecino era John Christie. Y la casa, el número 10 de Rillington Place, guardaba una historia más perturbadora que la de los cuerpos escondidos entre sus paredes: la de una condena que el Estado reconocería como un error cuando ya era imposible salvar al condenado.
La familia Evans y el vecino de la planta baja
A finales de los años cuarenta, Timothy Evans vivía con su esposa Beryl y su pequeña hija Geraldine en el número 10 de Rillington Place, en el barrio londinense de Notting Hill. En la planta baja residían John Christie y su esposa, Ethel.
Beryl estaba embarazada de nuevo cuando, en noviembre de 1949, desapareció junto con Geraldine. Evans se presentó ante la policía en Gales y dio versiones distintas de lo sucedido. Primero habló de la muerte de Beryl como consecuencia de un aborto provocado por ella misma. Después afirmó que Christie había intervenido y que su esposa había muerto durante un aborto practicado por el vecino. Más tarde firmó una declaración en la que se atribuía su muerte. Sus relatos eran contradictorios, y esa contradicción pesaría sobre todo lo que dijera a partir de entonces.
Cuando los agentes registraron la vivienda, encontraron los cuerpos de Beryl y Geraldine escondidos en el lavadero situado en la parte trasera de la casa. Ambas habían sido estranguladas. La investigación se centró en Evans, mientras Christie pasó de ser la persona a la que Evans señalaba a convertirse en un testigo importante contra él.
Un juicio en el que habló el futuro asesino en serie
Timothy Evans fue juzgado en enero de 1950 por el asesinato de Geraldine. Esta distinción importa: aunque el caso también giraba alrededor de la muerte de Beryl, la condena por la que acabaría en la horca fue la de su hija.
Ante el tribunal, Evans rechazó la declaración en la que se había inculpado y volvió a señalar a Christie. Pero sus cambios de versión habían dañado su credibilidad. Christie, en cambio, compareció como testigo de la acusación. Para el jurado, el relato que apuntaba a Evans fue suficiente.
El 9 de marzo de 1950, Timothy Evans fue ahorcado en la prisión de Pentonville. Tenía 25 años. Christie siguió viviendo en Rillington Place. Nadie que hubiera presenciado aquel juicio sabía todavía lo que se descubriría en la casa tres años después.
Los cuerpos que aparecieron después
En 1953 salieron a la luz restos de varias mujeres ocultos en el número 10 de Rillington Place. La investigación reveló que John Christie había cometido una serie de asesinatos en aquella vivienda. Entre sus víctimas estaba su propia esposa, Ethel, por cuyo asesinato fue condenado.
De pronto, el testigo que había ayudado a enviar a Evans a la horca aparecía bajo una luz terrible. Christie había vivido a pocos pasos de Beryl y Geraldine. Había negado las acusaciones de Evans. Y había ocultado otros crímenes en el lugar que la policía ya había investigado por la muerte de ambas.
El descubrimiento abrió una pregunta que el juicio de 1950 había dado por resuelta: ¿había matado Evans a su hija o se había ejecutado a un hombre por un crimen cometido por otra persona? Christie llegó a admitir que había matado a Beryl, aunque sus declaraciones también fueron objeto de disputa. La existencia de un asesino en serie en la misma casa no resolvía por sí sola todos los hechos, pero hacía imposible mirar la condena de Evans de la misma manera.
¿Se llegó a saber quién mató a Beryl y Geraldine?
Aquí conviene detenerse, porque muchas versiones del caso ofrecen una certeza que las investigaciones oficiales no alcanzaron.
Tras conocerse los crímenes de Christie, una primera investigación mantuvo que la condena de Evans había sido correcta. Las dudas persistieron durante años, hasta que se abrió una nueva investigación dirigida por el juez Daniel Brabin. Su conclusión, comunicada al Parlamento británico en 1966, fue que ya no era posible establecer toda la verdad sin dudas, pero que era más probable que Evans no hubiera matado a Geraldine, el delito por el que había sido ejecutado.
Respecto a Beryl, el informe consideró más probable que Evans hubiera causado su muerte, aunque también reconoció circunstancias que habrían impedido tenerlo por demostrado más allá de toda duda razonable. Por eso sería engañoso afirmar que el indulto resolvió definitivamente quién mató a las dos. Lo que sí reconoció el Estado fue que Evans había sido condenado y ejecutado injustamente por la muerte de su hija.
La diferencia puede parecer pequeña en una historia que se cuenta como un relato de terror, pero cambia su sentido. No hace falta inventar una solución perfecta para que el caso resulte espantoso. Un hombre fue ejecutado; años después, el propio Gobierno aceptó que su condena no debía mantenerse. Y el vecino al que había acusado resultó ser un asesino en serie.
El indulto que llegó demasiado tarde
El 18 de octubre de 1966, el Gobierno británico anunció el indulto póstumo de Timothy Evans. En la Cámara de los Lores se explicó que su efecto era borrar la condena y admitir que el Estado lo había ejecutado erróneamente. Habían pasado más de dieciséis años desde la mañana en que Evans fue llevado a la horca.
Su caso también pesó en el debate británico sobre la pena de muerte. En las discusiones parlamentarias de 1965 se mencionó a Evans como ejemplo de un problema imposible de reparar: cuando una condena termina en una ejecución, descubrir el error ya no permite devolver la vida a nadie. La abolición de la pena capital por asesinato entró en vigor ese año, antes de que se concediera el indulto.
Rillington Place da miedo por los asesinatos que ocurrieron allí y por lo que permaneció oculto durante años. Pero su parte más difícil de olvidar sucede fuera de la casa, en una sala de juicio. Timothy Evans dijo que Christie estaba implicado. Christie declaró contra él. El tribunal eligió a quién creer, dictó sentencia y el Estado la ejecutó.
Cuando se descubrió quién era realmente aquel vecino de la planta baja, Timothy Evans ya no podía contar su versión una vez más.

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