domingo, 2 de noviembre de 2025

0

La trágica historia de George Spencer Millet: el joven que murió huyendo de un beso

En la historia del terror real, hay muertes tan absurdas que parecen inventadas por un escritor macabro. Una de ellas es la de George Spencer Millet, un adolescente que perdió la vida en Nueva York en 1909, en el lugar y el momento menos esperados: su oficina, durante su fiesta de cumpleaños. Lo más espeluznante es que su muerte no fue producto de un crimen o un accidente laboral, sino de una inocente muestra de cariño… que terminó en tragedia.

La trágica historia de George Spencer Millet: el joven que murió huyendo de un beso

El chico perfecto del Metropolitan Life Building

George Spencer Millet tenía apenas 15 años, pero ya trabajaba como copista en el imponente Metropolitan Life Building, uno de los edificios más prestigiosos de la ciudad de Nueva York. Sus compañeros lo describían como un joven educado, amable y encantador, con una sonrisa que iluminaba el despacho. Las taquígrafas —todas mayores que él— lo veían como una especie de hermano menor, alguien dulce y simpático al que era imposible no tenerle cariño.

El 15 de febrero de 1909, George llegó a la oficina especialmente animado: era su cumpleaños. No había redes sociales ni tortas con velas, pero bastó que lo mencionara para que sus compañeras empezaran a bromear con una tradición muy antigua: “¡Mereces un beso por cada año cumplido!”.

El adolescente, tímido y ruborizado, se rió nervioso. “Por favor, no hagan eso”, pidió, avergonzado por la atención. Pero lo que comenzó como una broma inocente, se transformaría en un juego fatal.

La persecución de los besos

A lo largo del día, las jóvenes del despacho continuaron con las bromas. Cada tanto, una fingía acercarse para besarlo y él escapaba riendo. La escena era casi cómica, una pequeña guerra de oficina que nadie imaginó que acabaría en tragedia.

Cuando el reloj marcó las 4:30 de la tarde, sonó la señal de fin de jornada. Y fue entonces cuando todo ocurrió. Un grupo de seis chicas decidió, entre risas, cumplir la promesa: darle quince besos al cumpleañero. George, al verlas acercarse, salió corriendo por el pasillo. Ellas lo siguieron, entre risas y gritos.

De pronto, el juego cambió de tono. En medio del forcejeo, George se detuvo en seco, con el rostro desencajado. Llevó las manos al pecho y gritó:

“¡Me han apuñalado!”

Nadie entendió lo que había pasado hasta que vieron la sangre.

Un accidente tan absurdo como mortal

Entre los papeles y escritorios había un cuchillo de oficina, una herramienta común en la época para raspar tinta seca antes de la invención de los borradores modernos. Era pequeño, de unos 15 centímetros, con una hoja afilada.

George había caído accidentalmente sobre él. El filo le atravesó el corazón con precisión quirúrgica. Una de las chicas, la señorita Robbins, de 23 años, fue quien tenía el cuchillo en la mano, en tono de broma, cuando el muchacho corrió hacia ella sin darse cuenta. El golpe fue seco. Nadie pudo reaccionar a tiempo.

El joven cayó al suelo mientras la oficina se llenaba de gritos. Una de las taquígrafas trató de ayudarlo, pero al ver la sangre se desmayó. Llamaron a una ambulancia, pero George murió camino al hospital.

El eco de una tragedia

El hecho conmocionó a Nueva York. Los periódicos lo llamaron “la muerte más insólita del año”. La policía investigó, pero pronto concluyó que se trató de un accidente trágico, sin intención criminal.

La señorita Robbins nunca fue acusada formalmente, aunque su vida quedó marcada por la culpa. En entrevistas posteriores, confesó que no volvió a trabajar en la oficina y que cada 15 de febrero recordaba el rostro del joven George en sus últimos segundos de vida.

Una lápida que lo cuenta todo

En el cementerio de Woodlawn, en el Bronx, aún se conserva la tumba de George Spencer Millet. Su epitafio se volvió famoso por su tono casi irónico, como si resumiera la crueldad del destino con una precisión escalofriante:

“Perdió la vida apuñalado al caer sobre un secante de tinta mientras esquivaba a seis jóvenes que querían darle besos de cumpleaños en la oficina del Metropolitan Life Building.”

Un texto frío, casi burocrático, que esconde una historia de inocencia, humor y horror accidental.

Un recordatorio macabro

Más de un siglo después, la historia de George Millet sigue causando escalofríos. No solo por lo grotesco del accidente, sino porque muestra cómo la muerte puede esconderse en los gestos más cotidianos. Un simple juego, un cumpleaños feliz, un cuchillo de oficina... y el destino dando un giro brutal.

Algunos historiadores de lo insólito aseguran que su tumba se ha convertido en un punto de interés para los amantes de las historias extrañas. Incluso hay quienes dejan flores en el aniversario de su muerte, como tributo al chico que murió por escapar de un beso.

La ironía final

Si esta historia estuviera en una película, muchos dirían que es demasiado absurda para ser real. Pero lo fue. George Spencer Millet murió el día de su cumpleaños, víctima de una broma, rodeado de risas que se convirtieron en gritos. Su historia nos recuerda que el horror no siempre necesita monstruos: a veces, basta con un mal paso, una coincidencia y una dosis cruel de azar.

0 comentarios:

Publicar un comentario