Hay crímenes que se olvidan con el paso del tiempo, y otros que se vuelven leyendas urbanas que se niegan a morir. El caso de María Trinidad Ramírez Poblano, conocida como “La Tamalera de la Portales”, pertenece a este último grupo. Su historia, tan escalofriante como increíble, sigue provocando escalofríos más de cincuenta años después.
Todo comenzó una noche calurosa de julio de 1971, en la Colonia Portales, al sur de la Ciudad de México. María, una mujer de apariencia sencilla, madre de tres hijos y vendedora de tamales, compartía su hogar con su pareja, Pablo Díaz Ramírez, un peluquero violento con un largo historial de abusos. Durante años, soportó en silencio golpes, humillaciones y amenazas. Pero aquella noche, algo en ella se quebró.
La noche del horror
Cansada de la violencia y desesperada por proteger a sus hijos, María esperó el momento en que su esposo se durmiera. Con un bate de madera en las manos —el mismo que sus hijos usaban para jugar en la calle— se acercó a la cama y, sin titubear, descargó toda su furia contenida. Los golpes fueron certeros y brutales. Pablo murió al instante.
En ese momento, el alivio se mezcló con el pánico. No había vuelta atrás. María se enfrentaba a una nueva pesadilla: ¿qué hacer con el cuerpo?
El siniestro plan
Durante horas, la mujer caminó por la casa en silencio, observando el cadáver. Finalmente, tomó una decisión que nadie podría imaginar. En su cocina, el mismo lugar donde preparaba los tamales que vendía cada mañana, decidió desmembrar el cuerpo de su esposo.
Con un cuchillo grande y un corazón endurecido por años de dolor, comenzó a cortar. Guardó las piernas y los brazos en una bolsa que luego abandonó en un terreno baldío cercano. Pero los restos más comprometedoras —el torso y la cabeza— no podían simplemente desaparecer.
Entonces, la macabra idea tomó forma: usaría su oficio para ocultar el crimen. María, acostumbrada a cocinar para decenas de clientes, sabía perfectamente cómo preparar carne, cómo condimentarla y cómo disimular los olores. Esa misma noche comenzó a cocinar al difunto en los tamales que vendería durante la semana.
Los tamales del horror
Vecinos y clientes recuerdan que aquella semana los tamales tenían un sabor distinto, más fuerte, más “sabroso”, decían algunos sin saber lo que en realidad estaban comiendo. María salía cada día con su olla, vendiendo en la esquina de siempre, con la misma sonrisa y la voz amable que la caracterizaba. Nadie sospechaba nada.
Pero el destino no tarda en cobrarse las deudas. A los pocos días, una bolsa negra apareció en un lote baldío, con restos humanos en su interior. Los peritos confirmaron que las huellas dactilares pertenecían a Pablo Díaz Ramírez, un hombre con antecedentes penales.
La policía llegó rápidamente a la casa de María Trinidad. Durante el interrogatorio, ella intentó mantenerse firme, pero su nerviosismo la traicionó. Finalmente, confesó todo.
La confesión que heló a México
María explicó con frialdad cómo había planeado el crimen y qué había hecho con el cuerpo. Dijo que no tenía intención de dañar a nadie, que simplemente no sabía cómo deshacerse del cadáver y actuó por desesperación. Los agentes, horrorizados, no podían creer lo que escuchaban.
El caso se convirtió en noticia nacional. Los periódicos de la época titularon con frases como “La mujer que cocinó a su esposo” o “Tamales de carne humana en la Portales”. La historia se propagó por todo el país, generando miedo y morbo a partes iguales.
El 29 de julio de 1971, María Trinidad Ramírez Poblano fue sentenciada a 40 años de prisión, acusada de homicidio y profanación de cadáveres. Primero fue recluida en Tepexpan, y más tarde trasladada al penal de Santa Martha Acatitla.
El destino de “La Tamalera”
Durante su encarcelamiento, María mantuvo un comportamiento ejemplar. Era conocida por su devoción religiosa y por enseñar a otras reclusas a cocinar. Muchos decían que su fe había crecido tanto como su arrepentimiento.
Por buena conducta, fue liberada antes de cumplir su condena completa. Ya en libertad, regresó a su natal Tequixquiac, donde su familia la recibió en silencio. Nadie volvió a hablar del caso abiertamente. María pasó sus últimos años en discreción, alejada del bullicio de la ciudad y de los recuerdos que la convirtieron en leyenda.
Entre el mito y la realidad
Hasta el día de hoy, la historia de La Tamalera de la Portales sigue generando debates. Algunos aseguran que los detalles fueron exagerados por la prensa sensacionalista de la época. Otros, en cambio, sostienen que todo fue real y que varias personas comieron sin saber carne humana.
Sea cual sea la verdad, el caso se convirtió en una advertencia macabra, un recordatorio de hasta dónde puede llegar la desesperación humana cuando se combina con la violencia doméstica y la locura.
En el barrio todavía se murmura que, en las noches frías, se puede oler el aroma de tamales recién hechos en la vieja calle Pirineos… y que si sigues el olor, puede que te topes con el fantasma de María Trinidad, ofreciendo su mercancía con una sonrisa que hiela la sangre.





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