domingo, 3 de mayo de 2026

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La verdadera historia de El Hombre de la Bolsa, el primer asesino serial argentino

Antes de que el término “asesino serial” se volviera común en los diarios, antes de que los crímenes reales llenaran documentales, podcasts y libros, Argentina ya había conocido una historia tan oscura que todavía cuesta leerla sin sentir una mezcla de horror y rechazo. No ocurrió en una mansión abandonada ni en un callejón perdido, sino en la Buenos Aires de fines del siglo XIX, entre conventillos, carros de basura, pobreza extrema y silencios familiares que escondían algo monstruoso.

Actualmente todavía resuena El Hombre de la Bolsa en la cultura popular, pero detrás de este apodo, de cuentos de terror, de canciones y parodias de humor y de mitos y leyendas urbanas, se esconde una historia real que sacudió a la Argentina hace ya mucho tiempo.

Su nombre era Cayetano Domingo Grossi, aunque la historia criminal argentina lo recuerda con un apodo mucho más inquietante: “El Hombre de la Bolsa”. Fue acusado y condenado por asesinar a recién nacidos, varios de ellos hijos de sus propias hijastras, en un caso que sacudió a la sociedad porteña y terminó con su fusilamiento el 6 de abril de 1900. Según el relato policial conservado sobre el caso, Grossi fue considerado el primer asesino serial de la Argentina.

La verdadera historia de El Hombre de la Bolsa, el primer asesino serial argentino

Quién fue Cayetano Domingo Grossi

Cayetano Domingo Grossi nació en Italia en 1854. Allí se casó con Rosa Ursomarso y tuvo dos hijos, pero en 1878 viajó a Buenos Aires, como tantos inmigrantes europeos que llegaban al Río de la Plata buscando una vida mejor. La ciudad crecía, recibía miles de personas y ofrecía trabajos duros, inestables y mal pagos. Grossi hizo de todo un poco: fue botellero, vendedor ambulante, mozo de cordel y, más tarde, carrero.

El oficio de mozo de cordel consistía en ubicarse en lugares públicos con un cordel al hombro, disponible para transportar cargas o hacer mandados por encargo. Era un trabajo humilde, ligado a una Buenos Aires donde el comercio callejero, el transporte manual y la vida de los sectores populares se mezclaban en las calles. Más adelante trabajó en la Oficina de Inmigración y, desde 1888, se dedicó a manejar carros.

Su primer conflicto conocido con la policía ocurrió en 1879, cuando hirió a Carlos Terrani durante un altercado en la casa donde vivía. Por ese hecho pasó siete meses preso en la Penitenciaría Nacional. Años después formó pareja con Rosa Ponce de Nicola, una mujer argentina, lavandera, viuda y madre de tres hijas: Catalina, Clara y María. Con Grossi tendría otros tres hijos: Carlos, Teresa y Lorenzo.

La familia vivió primero en la zona del Paseo de Julio, actual Avenida del Libertador, y luego se mudó a un corralón de la calle Artes, hoy Carlos Pellegrini, en el barrio porteño de Retiro. Ese lugar, aparentemente común dentro de la vida pobre de la época, terminaría convertido en el centro de una de las investigaciones más escalofriantes de la historia policial argentina.

El hallazgo que inició el horror

El 29 de mayo de 1896, la policía encontró cerca de una fábrica de grasa una bolsa con el brazo de una criatura recién nacida. El hallazgo parecía imposible de procesar. Al revisar el lugar, los investigadores encontraron más restos: un cráneo destrozado, piernas y el otro brazo. Ese mismo día, cuando un carro recolector descargó basura en la zona, apareció el tronco del bebé.

La autopsia determinó que la criatura había muerto por una fractura de cráneo. Sin embargo, la investigación no logró identificar al responsable. El crimen quedó sin resolver, como una sombra flotando sobre la ciudad.

Dos años después, el 5 de mayo de 1898, apareció otro cuerpo de un recién nacido en el mismo sitio. Esta vez, el cadáver estaba en avanzado estado de descomposición. Las pericias indicaron que el bebé había vivido unos cuatro días y que la muerte se había producido por una compresión violenta en la parte anterior del cuello. También se observaron quemaduras en brazos y manos.

El cuerpo estaba envuelto en arpillera y en trozos de una chaqueta masculina de casimir negro, muy usada, remendada y gastada. Ese detalle, que podía parecer menor, fue clave. La policía comenzó a observar la ropa con atención. Los remiendos, el desgaste en la espalda y los restos encontrados en los bolsillos —cigarrillos y granos de anís— les dieron pistas sobre el posible dueño de la prenda.

Una investigación entre basura, pobreza y silencio

Los investigadores siguieron el rastro del carro recolector que había transportado los residuos donde apareció el cuerpo. El carretero fue demorado y confesó que había visto los restos, pero que no avisó por miedo a quedar involucrado. A partir de ahí, la policía revisó objetos, rutas de recolección y viviendas pobres de la zona.

El 9 de mayo de 1898 llegaron a una casa de la calle Artes 1438. Allí vivían Rosa Ponce de Nicola, Cayetano Grossi, las hijas mayores de Rosa —Clara y Catalina— y varios niños menores. La familia vestía de luto, un detalle que llamó la atención porque coincidía con los remiendos del saco hallado junto al cuerpo.

Los vecinos aportaron datos todavía más inquietantes. Según sus relatos, Grossi mantenía relaciones íntimas con sus hijastras. También se supo que Clara había estado embarazada poco tiempo antes y que luego había sido vista sin señales del embarazo, pero nadie sabía qué había ocurrido con el bebé.

Al día siguiente, la policía registró la habitación familiar. Debajo de una cama encontraron una lata con el cadáver de otro bebé envuelto en trapos. La sospecha ya no era una posibilidad: el horror estaba dentro de esa casa.

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Las confesiones y el mecanismo del crimen

Grossi intentó evitar la responsabilidad. Primero dijo que el saco hallado junto a una de las criaturas pertenecía a su hijo Carlos. Luego aseguró que había matado a uno de los bebés a pedido de Clara y que otro había nacido muerto. Su pareja y sus hijastras declararon que Clara había tenido dos hijos con Grossi. Él, al principio, negó haber mantenido relaciones sexuales con ellas y culpó a supuestos novios.

Pero los interrogatorios avanzaron. Días después, Grossi confesó haber matado al bebé encontrado en 1896. También reconoció haber incinerado a varios recién nacidos, aunque trató de separar ese acto de la responsabilidad directa por las muertes.

Más tarde admitió que había tenido un hijo con Catalina y cuatro con Clara. Según el expediente, tres de esos bebés fueron estrangulados y dos fueron quemados. Rosa, Clara y Catalina aceptaron la existencia de los crímenes, pero señalaron a Grossi como responsable de las muertes.

Uno de los aspectos más perturbadores del caso fue el silencio dentro de la familia. Los investigadores no entendían cómo las mujeres habían callado durante tanto tiempo. Pero mirar este caso solo desde la pregunta “¿por qué no hablaron?” puede ser demasiado simple. En ese hogar había violencia, abuso, pobreza, dependencia y sometimiento. No justifica el silencio, pero ayuda a entender el ambiente de terror y control en el que estos crímenes pudieron mantenerse ocultos.

También se supo que Grossi habría intentado abusar de una de las hijas menores de Rosa, pero sus hermanas lograron impedirlo. Ese dato refuerza la imagen de un hombre que ejercía poder dentro de la casa como una amenaza constante.

La condena de Cayetano Grossi

La justicia consideró a Rosa, Clara y Catalina como encubridoras de los homicidios. Fueron condenadas a prisión, aunque con penas menores que la de Grossi. Él fue declarado autor material de los asesinatos de los bebés y recibió la pena de muerte.

El 6 de abril de 1900, a las 8 de la mañana, Cayetano Domingo Grossi fue fusilado. Tenía 46 años. Las crónicas de la época describen la ejecución casi como un espectáculo público. Incluso algunos policías encargados del fusilamiento posaron para fotografías, como si se tratara de una escena teatral y no del final de uno de los casos criminales más brutales de la Argentina.

Horas antes de morir, Grossi recibió la visita de sus hijos. Algunos se mostraron indiferentes, otros aterrados, otros lloraron al verlo atado a una silla. En sus últimas palabras, él insistió en su inocencia. Afirmó que no era culpable de la muerte de esas criaturas y acusó a las mujeres de haberlo señalado falsamente. También sostuvo que no era el padre de las víctimas y que, si hubiera sido un asesino tan feroz, habría matado también a sus hijos legítimos.

Sus declaraciones finales no lograron cambiar el destino. Grossi murió fusilado y pasó a la historia como El Hombre de la Bolsa, un nombre que condensa una de las páginas más negras del crimen argentino.

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Por qué se lo considera el primer asesino serial argentino

La figura de Grossi es recordada como la del primer asesino serial de la Argentina porque se le atribuyeron varios homicidios con un patrón repetido: recién nacidos, nacimientos ocultos dentro del entorno familiar, eliminación de los cuerpos y uso de bolsas, trapos, basura o fuego para intentar borrar las pruebas.

Hoy, al leer el caso, aparecen muchas capas. Está el crimen en sí, brutal e imposible de suavizar. Está la violencia sexual dentro del hogar. Está la pobreza urbana de fines del siglo XIX. Está la falta de protección para mujeres y niños en contextos de abuso. Y está también una sociedad que, al descubrir el horror, reaccionó con espanto, pero muchas veces sin comprender del todo las estructuras de miedo que permiten que ciertos monstruos actúen durante años.

El caso de Cayetano Grossi no es solo una historia de terror real. Es también una advertencia sobre lo que puede esconderse detrás de la normalidad aparente. Un hombre que trabajaba, convivía con una familia y circulaba por la ciudad terminó siendo acusado de crímenes que todavía hoy resultan difíciles de narrar.

Una historia que todavía incomoda

Más de un siglo después, el caso de El Hombre de la Bolsa sigue apareciendo en archivos policiales, notas históricas y relatos sobre crímenes argentinos. No por simple curiosidad morbosa, sino porque muestra una forma extrema de violencia que durante mucho tiempo permaneció escondida dentro de una casa pobre de Buenos Aires.

Cayetano Domingo Grossi fue fusilado, pero la historia no terminó con su muerte. Quedó como uno de esos nombres que regresan cada vez que se habla de los orígenes del crimen serial en Argentina. Su caso incomoda porque no tiene elementos sobrenaturales ni grandes misterios detectivescos. Lo terrible es que fue real, doméstico y humano.

Y quizás por eso da más miedo. Porque demuestra que, a veces, el monstruo no necesita máscara, castillo ni oscuridad eterna. A veces vive en una habitación común, camina por la ciudad, trabaja como cualquier otro y solo revela su verdadero rostro cuando la policía levanta una bolsa entre la basura.

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