Hay un detalle inquietante que pocos mencionan cuando hablan de las grandes obras del terror: muchas de las historias que más nos han perturbado fueron creadas por mujeres que cargaban con miedos muy reales. No monstruos de laboratorio, no fantasmas en casas victorianas, sino terrores cotidianos: el silencio forzado, la violencia escondida, la falta de credibilidad, el cuerpo como escenario del miedo. Quizás por eso su forma de narrar el horror no solo asusta… también revela. Y si te quedas hasta el final y visitas Mujeres en el Olvido, verás por qué las escritoras siguen siendo las arquitectas más precisas de nuestras pesadillas modernas.
Un origen entre sombras: Mary Shelley y la semilla del género
La imagen es conocida: una noche de tormenta, un grupo de jóvenes escritores reunidos, un desafío para ver quién podía imaginar la historia más aterradora. Pero lo que casi nunca se dice es que la más joven de la sala, una chica de apenas 18 años, llevaba adentro un dolor que eclipsaba cualquier cuento de fantasmas. Mary Shelley había visto morir a un bebé, había sido señalada y rechazada por vivir un romance prohibido y había crecido leyendo el nombre de su madre —muerta al darla a luz— grabado en una lápida.
De ese caldo de angustia nació Frankenstein, una historia que no solo anticipó la ciencia ficción, sino que reescribió para siempre el concepto de horror. Shelley no imaginó un monstruo: imaginó una criatura abandonada, incomprendida, hambrienta de afecto. Su obra no solo habló del miedo a lo desconocido, sino del terror a ser rechazado, manipulado o usado. Un terror profundamente humano.
Por eso, cada vez que alguien se pregunta por qué tantas mujeres han redefinido el género, Frankenstein sigue siendo el mejor punto de partida. No solo por lo que cuenta, sino por lo que deja entrever: el horror también puede ser autobiográfico.
El horror como espejo íntimo: heridas que regresan
Con los años, el género se volvió un refugio donde muchas autoras pudieron explorar aquello que no podía decirse directamente. El horror ofreció el lenguaje que la realidad les negó.
Autoras contemporáneas como Carmen Maria Machado lo entendieron a la perfección. Su obra mezcla lo fantástico con lo emocional, lo sobrenatural con el trauma cotidiano. En sus textos, lo que asusta no siempre tiene colmillos; a veces tiene forma de pareja, de silencio, de duda. En su famosa exploración de la violencia íntima, lo monstruoso no es una criatura, sino el eco persistente de un abuso que se repite en la mente como un pasillo sin salida.
Porque eso es lo que hace el horror cuando está bien escrito: nos obliga a entrar en habitaciones internas donde preferiríamos no mirar.
Cuando la realidad supera al fantasma
Hay historias que, sin proponérselo, terminan reclamadas por el género de terror. Un ejemplo perfecto es Beloved de Toni Morrison. A veces clasificado como novela histórica o ficción literaria, el libro funciona también como una historia de fantasmas… pero no por el espectro que ronda la casa.
Lo que realmente estremece es la representación descarnada de la esclavitud. Es ese dolor histórico, acumulado y transmitido, el que genera el verdadero escalofrío.
Ahí surge una de las claves del horror escrito por mujeres: no necesitan inventar monstruos cuando los monstruos están afuera, en las estructuras sociales, en la violencia heredada, en las cicatrices colectivas.
Terror político, doméstico y cotidiano
A lo largo de los siglos, las mujeres han usado el género para transformar sus experiencias privadas en símbolos universales del miedo. Desde las historias góticas del siglo XIX hasta la narrativa queer contemporánea, encontramos un patrón claro:
El cuerpo, la casa, la memoria y la palabra se vuelven escenarios del horror.
La casa ya no es un refugio, sino un espacio que controla, manipula, encierra.
El cuerpo deja de ser solo un cuerpo: se convierte en territorio de batalla, de deseo impuesto, de peligro constante.
La memoria funciona como un fantasma propio.
Y la voz… la voz puede desaparecer, apagada por quienes prefieren que no hablemos.
No es casualidad que tantos relatos escritos por mujeres giren alrededor de no ser creídas, de que sus experiencias sean minimizadas, distorsionadas o negadas. En muchas de estas obras, el monstruo no está bajo la cama, sino en el modo en que la sociedad decide ignorar ciertos sufrimientos.
Tras bambalinas: el miedo que no se filma
Las historias de terror creadas por mujeres suelen mostrar un doble juego: lo que se ve y lo que se oculta. No importa si se trata de fantasmas, criaturas o sueños deformes; el verdadero miedo muchas veces está en lo que ocurre fuera de escena.
El cine y la literatura reciente han explorado, por ejemplo, los abusos dentro de la industria del entretenimiento, la presión estética, o el silenciamiento de las víctimas. El #MeToo reconfiguró la forma en que entendemos el horror: ya no es solo un género… es un espejo.
Las nuevas autoras y el porqué siguen siendo esenciales
Hoy, escritoras de todo el mundo continúan ampliando los límites del terror. Algunas combinan mitología con feminismo; otras reescriben leyendas desde una mirada queer; muchas reinventan lo gótico desde una perspectiva moderna. Pero todas mantienen el legado de Shelley: convertir el miedo real en narrativa inmortal.
Porque si algo ha demostrado la historia del género es que cuando las mujeres escriben horror, no lo hacen solo para asustar. Lo hacen para resistir, para denunciar, para recordar, para advertir.
Para transformar el trauma en arte.
Para que los monstruos que la sociedad inventa no vuelvan a esconderse bajo la alfombra.
Y quizás, también, para que sepamos que no estamos solos en nuestras propias sombras.

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