sábado, 1 de noviembre de 2025

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El dulce envenenado de Bradford: la tragedia real que cambió para siempre Halloween (y la historia de los caramelos)

En cada Halloween, los padres advierten a sus hijos: “No aceptes dulces de desconocidos”. La mayoría de las veces, esas historias sobre caramelos envenenados no son más que leyendas urbanas que nacieron en los años 70. Pero hubo un caso —uno real, documentado y aterrador— que sembró el miedo mucho antes de que existiera Halloween como lo conocemos hoy.

Corría el año 1858 en Bradford, Inglaterra, una ciudad industrial donde los obreros vivían entre fábricas, carbón y pobreza. Era una época en la que el azúcar era caro y los dulces eran un lujo que solo algunos podían permitirse. En los mercados locales, los confiteros solían usar sustitutos baratos para poder vender más y ganar algo de dinero. Lo que nadie imaginaba era que ese hábito inocente se transformaría en una de las mayores tragedias alimentarias de la historia británica.

El dulce envenenado de Bradford: la tragedia real que cambió para siempre Halloween (y la historia de los caramelos)

El dulce mortal que mató a dos hermanos

A finales de octubre, la familia Burran compró unas simples caramelas de menta en un puesto del mercado. Eran dulces artesanales, blancos, brillantes y con el aroma fresco típico del mentol. Los niños Orlando y John Henry, encantados, los probaron sin sospechar nada. Pocas horas después comenzaron los dolores. Vómitos, calambres, mareos. La madre, desesperada, llamó a un médico. Pero ya era demasiado tarde: los dos pequeños murieron en cuestión de horas.

El médico, alarmado por los síntomas, decidió examinar una de las caramelas restantes. Lo que encontró fue espeluznante: contenía altos niveles de arsénico, un veneno mortal que, incluso en pequeñas dosis, podía destruir el sistema nervioso y causar la muerte en pocas horas.

La investigación: un error que costó 18 vidas

La policía rastreó el origen de los caramelos hasta William Hardacre, un vendedor ambulante que también había enfermado tras probar su propio producto. Él los había comprado a un pastelero llamado Joseph Neal, quien a su vez obtenía sus ingredientes de varios proveedores.

En aquel entonces, los confiteros usaban una sustancia conocida como “daft”, una especie de polvo adulterado que servía para abaratar el azúcar. Pero esta vez, algo salió terriblemente mal.

Un aprendiz de farmacia, sin experiencia, cometió un error fatal: vendió 5,5 kilos de arsénico creyendo que era la inofensiva mezcla “daft”. Neal, ignorante del peligro, utilizó ese polvo para fabricar unos 18 kilos de caramelos. Bastaba una sola pastilla para matar a un adulto.

El 30 de octubre, esas golosinas envenenadas llegaron al mercado de Bradford. Nadie sospechó nada. Los niños las comieron felices, los adultos las compartieron con té, y en cuestión de horas la ciudad entera comenzó a enfermarse.

El horror se propaga

En pocos días, 18 personas murieron, entre ellas 11 niños. Más de 190 enfermaron gravemente, sufriendo vómitos, parálisis, y convulsiones. Las autoridades intentaron alertar a la población, pero ya era tarde. Las escenas eran dantescas: familias enteras postradas en sus casas, médicos desbordados y vecinos aterrados.

El periódico local calificó el hecho como “la mayor calamidad que jamás haya azotado a Bradford”. Sin embargo, la justicia británica no halló culpables. Nadie fue condenado. Ni el farmacéutico, ni el aprendiz, ni el pastelero. En aquel entonces, no existían leyes que regularan el etiquetado de productos tóxicos, ni controles sanitarios en la industria alimentaria.

Un crimen sin intención, pero no sin consecuencias

La indignación pública fue enorme. ¿Cómo podía suceder algo así? ¿Cómo podía venderse arsénico como si fuera harina? El gobierno se vio obligado a reaccionar. En 1868, una década después de la tragedia, se aprobó la Pharmacy Act, una ley que regulaba la venta y almacenamiento de sustancias venenosas y obligaba a etiquetarlas claramente.

Fue el inicio de las normas modernas de seguridad alimentaria y farmacéutica en el Reino Unido. Pero para los habitantes de Bradford, esa ley llegó demasiado tarde.

El eco del miedo: del mercado de Bradford a las calles de Halloween

Aunque el suceso ocurrió en el siglo XIX, su sombra sigue viva. Décadas más tarde, cuando en Estados Unidos se popularizó la costumbre de repartir dulces en Halloween, la historia del “arsénico de Bradford” resurgió en la memoria colectiva.

Los medios y los padres comenzaron a repetir una advertencia: “No comas caramelos de desconocidos”. Así nació una de las leyendas urbanas más persistentes del siglo XX, la del niño que muere por un dulce envenenado.

Lo irónico es que la mayoría de esos casos modernos nunca ocurrieron. Pero el miedo sí era real, y su origen puede rastrearse hasta aquel día de octubre en 1858, cuando una confusión en una farmacia transformó un puñado de caramelos en una tragedia nacional.

La dulce lección del veneno

Hoy, cuando abrimos un envoltorio de caramelos o compramos golosinas sin dudar, pocas veces recordamos que esa confianza fue conquistada con dolor. La tragedia de Bradford marcó un antes y un después: enseñó al mundo que la inocencia puede ser letal cuando se mezcla con la negligencia.

Así que la próxima vez que alguien te diga que las historias de dulces envenenados son solo mitos… recuerda que hubo una vez un dulce real que mató a 18 personas.

Y fue tan solo el comienzo de nuestra desconfianza hacia lo que comemos.

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